León Darío Peláez
 
 
CAMPO MINADO
"Es que si yo tengo un enemigo a la vista,
pues yo veré si me le escondo o si le pido
perdón o si lo frenteo...pero yo a la mina
le pido perdón y ella todavía me mata"

Soldado Colombiano.

En una guerra nadie sobrevive, todos morimos. Unos al momento, otros lentamente con heridas en cuerpo y alma, y otros con toda la verguenza en la memoria.
Después de cada combate comienzan a llegar en helicoptero al Hospital Militar de Bogotá los soldados heridos con la esperanza de salvar sus vidas despedazadas por las minas antipersonales. Estos artefactos explosivos son sembrados en los campos colombianos por todos los actores del conflicto armado, que hace más de medio siglo agobia este país.
Aunque muchos campesinos son víctimas de estas minas, los militares son los que más se ven afectados por estar expuestos durante sus patrullajes por campos, caminos y riberas de los ríos.
En Colombia se calcula que hay sembradas 100.000 minas antipersonales y desde 1.991 hasta hoy se han registrado 800 víctimas, siendo equiparable al de países como Bosnia, Kosovo o Chechenia según Human Rights Watch.
Los jóvenes militares que sobreviven a la explosión tienen a su favor que reciben toda la atención que necesitan de la institución, tanto física como sicológica y ocupacional, para su rehabilitación plena. Este tratamiento puede costar entre 3.000 y 5.000 dólares, pero las partes mutiladas de su cuerpo no volverán nunca.
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